Entre

Entre nubes grisáceas,

Entre gotas de lluvias infinitas,

Buscaba tus ojos oscuros

Anclados en el pasado.

Entre olas gigantescas,

Entre algas pardas,

Buscaba tu piel perfumada,

Suave y efímero deseo.

Entre pétalos amarillos,

En el canto de los grillos,

Buscaba tus labios rojos,

Un manjar de sabores.

Entre tulipanes azules,

Entre rosas espinosas,

Buscaba tú rostro angelical,

En un presente dual.

El ciervo

Era una mañana fresca de invierno. El viento paseaba aturdido sobre el campo congelado desprovisto de vegetación. Puede que sólo ciertos tallos se percibían tímidos y “bigotitos”. Entre ramas infinitas y negruzcas de tilo, se veía una casa rústica, común, “escupiendo” nubes densas y grisáceas por la chimenea. Había un silencio absoluto, cautivador

qué tampoco el gallo no se atrevió salir del gallinero con su canto molesto para despertar los seres. Carámbanos de hielo agudos decoran el tejado de tejas como si un arpa medieval intentan construir. Pasos pesados se oyen dirigiéndose hacía la puerta. Era Octavio Fernández, un campesino humilde, pero muy trabajador y avispado. Rod, su perro, feliz mueve su cola, mirando hipnotizado las ciervas que se veían desde lejos. Con sus manos carnosas y hábiles deja pan mojado con vino sobre el tronco robusto de un majestuoso haya. << Y ahora ¡ Esperemos!>> le dice Octavio a su perro, tumbándose sobre el suelo entre ramas de hierbas salvajes. Un ciervo se acerca husmeando curioso el festín que yace sobre el tronco. Come encantado cuándo de repente se encuentra débil, andando mareado hasta que su cuerpo imperioso se desploma agotado. Octavio y su perro se acercan contentos, cogiendo al ciervo por los cuernos, llevándolo orgulloso sobre su espalda ancha. Subiendo una cuesta inclinada y cubierta de hielo, resbala; el cuerpo suave del ciervo se cae lentamente de sus hombros. El perro agitado quiere coger a la presa por el cuello, su intención salvaje quedando en vano por un golpe preciso en la pata derecha trasera. “¡Ahora, no! ¡Suelta!” -le riñe Octavio a su perro, poniendo el ciervo cerca de una hoguera improvista de leña y hierba seca. “¡Vigila la presa!-le dijo Octavio a su perro, entrando en casa en busca de unas cerillas para encender el fuego.

Desde nada, en medio de esta llanura solitaria, se oye un sonido agudo. Una grieta profunda en zigzag atraviesa todo el lugar hasta llegar cerca de la hoguera. La tierra se divide; vapores espesos saliendo de sus entrañas maternas. El perro se asusta cuando la sombra de un oso pardo se alude saliendo de la tierra. Se queda inmóvil, paralizado, un gran miedo recorría sus venas calientes. El ciervo parpadea, abre sus ojos de color miel, mientras que lágrimas de esperanza y felicidad le cubren su rostro. Agarra al ciervo con sus patas enormes, esfumándose los dos en el interior de la tierra. Octavio sale de la casa y queda sorprendido en notar la falta del ciervo. “Rod, ¡Menudo vigilante que estas echo! Hasta a un ciervo embriagado no eres capaz de controlar.”

El perro no reacciona, sólo mira fijamente en el sitio en donde el oso y el ciervo se perdieron sin dejar ningún rastro. No había ni un remoto indicio sobre los acontecimientos ocurridos en cuestión de minutos. Todo estaba como antes como si nunca haya sucedido algo. ¡Si solo el perro pudiera hablar….!

Soledad

Un cuerpo lívido con ojos tristes,

Con trapos envolviéndole su cuerpo,-

Miraba desde lejos el reloj.

Entre segundos y minutos,

Intenta agitado desterrar su amargura,

Que sutil se esconde.

Escuchando su eco,

Admirando su alma

Que se esfuma entre faroles,-

Reo enjaulado en iconos.

Un Universo solitario…

Que mira con disgusto

Su deshonesto pasado.

La soledad- la única deidad

Que le ama debidamente.

Cuando

Cuando…

Cuando el viento me habla

Susurrándome al oído,

Escucho sus historias;

Me habla entre líneas,

Acaricia mis sentidos,

Y entre mis cejas fruncidas

Surgen miles de dudas.

¡Ahora estoy despierta!

Ya no hay más rejas,

¡No tengo alas!

Ni las necesito…

Soy materia que se regenera

Y fluye incansable

[…en el espacio].

Ángeles de cera

Ángeles de cera

La góndola de la vida atraviesa incansable

El océano de hielo

… el océano del olvido.

Vírgenes renacentistas miran la góndola

Como se pierde inevitablemente

… en la densa niebla.

En alguna parte, en el ángulo de la muerte

Un ángel se desvía bastante

… de los misterios de la muerte.

Rostros pálidos se dirigen

… hacía la postergación[…]

El tiempo es solo una hoja muerta;

En una tela de niebla

… su alma se lo lleva.

Cristales de cera rodean la góndola

… la góndola del olvido.

Almas inocentes se caen lentamente-

… en una tela de niebla-

son solo ángeles de cera

perdidos en un valse divino

… de invierno.

Ángeles de cera

La góndola de la vida atraviesa incansable

El océano de hielo

… el océano del olvido.

Vírgenes renacentistas miran la góndola

Como se pierde inevitablemente

… en la densa niebla.

En alguna parte, en el ángulo de la muerte

Un ángel se desvía bastante

… de los misterios de la muerte.

Rostros pálidos se dirigen

… hacía la postergación[…]

El tiempo es solo una hoja muerta;

En una tela de niebla

… su alma se lo lleva.

Cristales de cera rodean la góndola

… la góndola del olvido.

Almas inocentes se caen lentamente-

… en una tela de niebla-

son solo ángeles de cera

perdidos en un valse divino

… de invierno.

Un vagabundo

Un vagabundo

Un cuerpo lívido, con la cabeza agachada,

Con harapos cubriéndole su silueta delgada,

Contempla, desde lejos, como hojas secas otoñales

Se caen angustiadas desde negros árboles,

El viento les reanima y bailan divertidas

En el aire frío; sobre la tierra húmeda descansan

[muertas].

Murallas de piedra grisáceas y anticuadas

Rodean una iglesia negra condenada al olvido.

Brazos de hiedra naranjas y trepadoras

Cubren su faceta mugrienta, sus arcos agudos;

Un reloj redondo se resiste… la hiedra no lo alcanza.

Agujas gigantes se mueven frenéticamente

[ruidosas].

La silueta se mueve agitada, temblando;

Sutil, se pierde entre mugrientos fanales.

Es solo un reo subyugado a solitarios elementos,

Un hombre viejo, triste y abandonado,

Un alma acechada de un profundo caos,

Un cuerpo hambriento y alterado

[agobiado].

Y, desde nada, copos blancos de nieve se caen

Sobre su rostro arrugado, de líneas abismales.

Su cuerpo ya no tiembla, sus venas se contraen

Y un dolor punzante, en su corazón desconsolado,

Se adueña de su cuerpo deteriorado.

En un instante se desploma sobre las hojas

[descompuestas].