Miedo y fracaso

¿Hay alguien que ha sentido miedo por seguir escribiendo? Es que yo sí que lo siento… pero no es cualquier miedo, sino uno enfermizo. Eso es lo que siento yo. Después del fracaso de mi primer libro publicado, simplemente me da miedo escribir.

Tristeza

Sobre los estrechos y vacíos senderos,

Entre selváticos árboles

Con rechonchas ramas y miles hojas,

Se entreveía un verdusco y polvoriento puente;

Y, a su lado, una cruz comida por el tiempo,

Recordando a los que el cielo demandaba

[…] en su día.

Y, justo como un gato audaz,

-Entre malas hierbas y silvestres flores-,

Pisaba los mismos pasos- los pasos del pasado,

Cuando aún no conocía la tristeza,

Cuando oía el revoloteo de las mariposas,

O el mágico canto del grillo

[…] acompañándome eternamente.

La gravedad

Dicen que la vida es una puta. Pero nadie entiende, de verdad, la gravedad del asunto, ya que a una puta cuando la llamas siempre te contesta, pero la vida, muchas veces, te confunde y te destruye, para luego darte la espalda.

¡Menudo manicomio qué es la vida!

El bosque

-No ha servido para nada…

-¿El qué? ¿Qué no sirvió para nada?- le preguntó la niña a su abuelo.

-Verás… te contaré algo que me ocurrió hace años.

-Cuenta, cuéntame que es lo qué te pasó, abuelo- le dijo la niña, mientras le acariciaba su áspera y arrugada cara.

-¡Ven, acércate! La niña asintió, acurrucándose entre sus brazos.

-Iba de vuelta a casa, acompañado por unas ignorantes ovejas y un inútil burro que tenía que arrástralo con una cuerda, ya que muchas ganas de caminar no tenía en esa noche. Y no se veía casi nada, si no fuera por la luna, que de vez en cuando, iluminaba mi camino. Tampoco no se oía nada, tan ni siquiera al búho cuya voz me mantenía despierto y tranquilo. Y, así iba yo por el bosque cuando, desde nada, en medio del camino, vi un niño desnudo y sucio, mirándome fijamente.

-¡¿Un niño en el bosque !? ¿Y en mitad de la noche?

-Si, hija mía, era un niño…

-Me acerqué a él y le pregunté qué hacía allí solo en medio del bosque y encima de noche. Pero, no me contestaba, solo me miraba, ignorando mis preguntas; y, fue entonces, cuando me di cuenta que este niño no era un niño como tal, sino algo que pertenecía a la oscuridad.

-Insistía mucho en qué yo lo dejará montar al burro; pero, cada vez que ese se acercaba, el pobre animal estaba muy agitado. Entonces, me acordé de mi padre… ¡Qué Dios lo tenga en su gloria! Me había contado, que en el bosque vivía un demonio que tomaba forma humana, y que vagabundeaba, en la mitad de noche, en busca de almas para su colección. Lo llamaban “el recolector de almas”. Pero, si te sé sincero, nunca le di crédito a lo que me contó hasta que yo mismo me lo encontré en el bosque. Y, créeme, qué es tan real como tú y yo.

– Me suplicaba, diciéndome: <<¡Por favor, por favor señor, tengo mucho frío y hambre! ¡Llévame con usted!>> Así que lo cogi en mis brazos, y sentí su rígido y frío cuerpo. Tenía mucho miedo, y quizás ese miedo fue lo qué me rescató, ya que, sin poder explicármelo, le dije: <<¡Déjame hacerte el signo de la cruz!>> Y, desapareció… Es cómo si se hubiera fundido con la mismísima oscuridad.

– Ya ves, ¡de nada le sirvió al demonio engañarme! Y, ¡hazme caso! Ni se te ocurra ir por el bosque, de noche, si no estás preparada para confrontarte a lo desconocido, ya que puede absorber tu alma, y nunca encontrarás la luz, sino que serás uno más de la oscuridad.

– La vida es un sin fin de incógnitas, hija mía. Y, si puedes ver más allá de las cosas, nada ni nadie pueda hacerse dueño de tu Luz.

¡Cierra los ojos!

¡Cierra los ojos, mi dulce musa!

¡Déjame dormir! ¡No me despiertas!

Desde aquí huelo tus intenciones engañosas.

Me haces soñar con esa muñeca rusa

Encadenada en un cuarto oscuro.

Me haces soñar con esa sombra perturbada

Con ojos lineales y lengua serpentina.

¡Me tienes amargada! Más bien, turbada…

Me haces soñar despierta en una cama

Y levantándome, debajo, me encuentro

…con un muerto.

Me haces soñar con soles grandes, rojizos

Y niños asustados corriendo por el negro huerto.

Me haces soñar con gigantes que me persiguen,

Tropiezo y me encadenan a una piedra.

Me haces soñar con una criatura cornuda,

Desde la ventana mirándome moribunda.

Me haces soñar con el tren de los muertos-

Sucios, desintegrados, tendiéndome sus manos.

¡Oh, tú, musa de la noche! ¡Tú, cancer negro!

¡Solo duerme!

El capitán y el pintor

A una latitud de 44*01’56”N y una longitud de 4*21’02”O se entreveía, en el horizonte, una imponente carabela; navegaba, más o menos, a una velocidad de 15 nudos.

Era un día bastante tranquilo de 2 de noviembre de 1453, cuando el señor Mendoza-un capitán valiente y de sangre fría- se encontraba de vuelta a Santillana, después de una peligrosa incursión en el mar Mediterráneo; más exactamente desde Palermo, Sicilia. En su recorrido, tuvo que enfrentarse con una galera berberisca que los pilló por sorpresa. Y poco faltaba para que, su alma y la de los otros 21 tripulantes, no pisaran el río de la Muerte. Tan grande fue el espanto de los otros piratas, que al ver su nave cambiaban, sin pensárselo más veces, su trayecto.

-Y, dime, señor Alessio Celio, ¿como ha llegado usted a ser reconocido como <<un pintor tan noble>>?, justo como mi preciada esposa afirma- le preguntó Mendoza, de una manera burlesca, al pintor.

-Señor Mendoza, si usted me permite, diré en mi ofensa que su maravillosa consorte, la señora Catalina, tiene un indiscutible gusto por el arte. Ya que, ¡fíjense!, usted ha tenido que arriesgar hasta su propia vida y eso sólo para rescatar a un <<pobre pintor noble>> de una isla tan remota como Sicilia- le contestó, disgustado y frunciendo sus cejas, Alessio a Mendoza.

-Veo que las cosas, dentro de mi carabela, se ponen más turbulentas que en el mismísimo mar, pero algo te diré: ¡Es un plagio, querido mío, pintar algo que ya está pintado! En la mirada del capitán se leía una enorme satisfacción al pronunciar la palabra <<plagio>> que tan grande fue el enfado de Alessio que al voltearse no se había dado cuenta que tenía, cerca de sus pies, un cubo con agua. Se cayó bruscamente. Sus huesos habían sacado un crujido raro, y el peso de su cuerpo corpulento, al tocar con una parte vertical del barco, hizo que su piel cobrará otro color: un verdusco redondeado de líneas moradas, bastante profundas. Se levantó un poco molesto, más bien dolorido y se dirigió en algún ángulo de la proa, mirando el cielo por un buen tiempo.

-Señor Mendoza, ¡mire el firmamento! -le dijo Alessio con un tono relajado y misterioso. El vuelo de una gaviota nunca es igual, siempre está en un continuo moviendo, el cielo cambia de tonalidad; todo en este mundo intenta perfeccionarse, aunque muchas veces muchos ni lo notan. Pero yo si… Soy capaz de ver más allá de las cosas; puedo transformarlas, jugar con las tonalidades, aunque nunca podré encontrar su patrón original. De eso se trata… de intentar ver el alma de las cosas y plasmarlas, lo mejor posible, sobre un lienzo sin vida.

-Entonces, ¿qué quiere decir con eso? ¡¿Qué usted es capaz de revivir las cosas o, peor aún, robarles su esencia hasta que su alma queda atrapada en uno de sus malditos cuadros?

-Puede que sea justo así, señor Mendoza. O acaso su pasión ardua por escribir ¿no tiene casi el mismo impulso? Los dos creamos mundos, los alteramos, los embellecemos, les daremos vida, crecerán y, a un cierto punto, morirán.

-Para un momento, Alessio… a ver si es que yo te he entendido bien: me quieres decir que el prometido retrato de mi Catalina ¿no es más que una tumba que la consumirá, hasta que su último soplo quedará absorbido en el lienzo y su cuerpo morirá?

-Por fin lo entendiste, <<valiente capitán >>. No era tan difícil, ¿no?

-¡Maldito seas, estirpe podrida! Pero tú qué eres, ¿un pintor o un endemoniado brujo?

Quiso estrangularlo, sentir como su sangre acelera y no puede conectarse con la cabeza, de no ser por un tripulante que gritaba atemorizado:

-Señor, mire usted ese punto brillante que se nos acerca. No sé que puede ser, pero nada bueno traerá consigo.

El cielo ennegreció, no se veía nada más; sólo un punto brillante que aumentaba de tamaño con cada avance que hacía.

-Es un cometa, chicos. Y si me preguntan de por sí hay alguna razón de asustarse, les diré que si. ¡Poneros en marcha! No hay tiempo qué perder. Las olas podrán llegar a una altura colosal, fuera de lo común, una vez que el cometa nos alcance. El capitán, aún confuso y incrédulo, estaba mirando a sus tripulantes como se transformaban en una máquina perfectamente precisa. Ya ni falta que hacia en coordinarlos.

El viento se puso más fuerte, las olas llegaron a una altura aproximada de 7 metros lo que hizo que la carabela se moviera de forma caótica. El mástil mayor se había roto y poco faltaba para que las otras velas cuadradas no se rompieran de una vez por todas. El cometa ya estaba a la altura de la nave. Un polvo espeso se esparció en el aire, y muchos de los tripulantes empezaron a toser en seco. Una lluvia densa se infiltró dentro de la masa polvorienta y un olor de amoniaco, provocó más de un vomito entre los presentes. Sus caras eran ennegrecidas y sus indumentarias llenas de agua, sus cuerpos estaban doloridos y sus almas ya casi vacías. Las olas llegaron a una altura de 15 metros. Ya no había más esperanzas. Se iban a hundir en cualquier momento.

-Alessio, ¡aléjate de la proa! Y, nada más en decir eso, una ola de 17 metros chocó directamente con la proa, lo que provocó la caída del pintor en el mar. Y nada más al pasar unos segundos, Mendoza había visto surgir, entre las olas, una ballena que estaba jugando con el cuerpo moribundo del pintor, lanzándole en el aire varías veces hasta que se dispuse en comerlo de una vez. El capitán estaba mirando, enloquecido, como la ballena se adentraba en las profundidades oscuras del mar.

La carabela cedió y se perdió entre las olas mortíferas y juguetonas, mientras que cuerpos sin vida se movían de un lado al otro al merced de las olas. Un grupo de ballenas se acercaban confiadas. Con un bocazo, recogían los cuerpos, los lanzaban en el aire y, al final, disfrutaban, sin escrúpulos, de cada uno de esos cuerpos. Es como si uno pudiera oír el sonido de ese crujido espantoso al entrar en contacto el cuerpo moribundo con esos dientes maquiavélicos y putrefactos.

El cielos se había despejado y las olas se calmaron. No había ningún rastro de la carabela y ni de ningún alma que haya podido encontrarse allí.

Las gaviotas reaparecieron volando como sí nada. A las orillas del mar, entre los granizos de arena, se vislumbraba una forma humana pasiva y polvorienta. El capitán había sobrevivido. No era su hora para morir. Se levantó nauseando y desconcertado. No había nadie más; sólo él.

-Y, ahora, como le contaré yo a mi dulce Catalina, ¡¿que a su pintor le había devorado una ballena!?

Se puse las dos manos en la cabeza, se arrodilló sobre la arena mojada y empezó a reírse perturbado, y con su vista directa al mar recorría una y más veces el momento en el cual la ballena disfrutaba de la carne dulce, y a la misma vez venenosa, de este supuesto <<pintor noble>>.